Pueden visitar algunos blogs que siguen su carrera - todavía: el de Los Mansos, el de Cuchillos en gallinas y el Karamazov!
Gracias por haberme acompañado hasta acá.
Alejandro Tantanian
Versión de Alejandro Tantanian de Romeo & Julieta de William Shakespeare. 13 de enero al 8 de junio de 2006. Luzerner Theater, Lucerna, Suiza.
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Anna Stieblich (Lady Capulet) evoca a Sylvia Plath. Detrás Anja Schweitzer (Amme) descubre el horror.
Una silla vacía: emblema de este R&J. Detrás de la silla los amigos de Romeo (Roland Bonjour, Martina Potratz y Peter Waros) y Romeo (Philippe Graber) esperan la pelea.
Jürgen Sarkiss (Tybalt) detrás de la silla sin dueño provoca la pelea. Detrás Henry Meyer (Friar Laurence) calcula su próximo movimiento mientras el DJ Christoph Gerega (Paris) anima la fiesta con sus vinilos.
Philippe Graber (Romeo) busca a su Julia (Anna Eger) en la gran tumba.
Jürgen Sarkiss a punto de matar a alguien.
Romeo y Julia se despiden mientras las cajas de música hacen lo suyo. En sombras Christoph Künzler apoya la cabeza sobre el hombro de Anna Stieblich (Lord y Lady Capulet).
El rostro de Paris es un libro / Paris's face is a book
Una canción para Rosalinda / A song for Rosalinde
Negación del padre / Father's denial
El sueño de Julieta / Juliet's dream
El despertar de Julieta / Juliet's awakening
Sus labios están tibios / Thy lips are warm
Über dem Dorn / Sobre la espina
Anna Eger / Julia
Philippe Graber / Romeo
Christoph Künzler / Lord Capulet and Lord Montague
Henry Meyer / Friar Laurence
Jürgen Sarkiss / Tybalt
Anja Schweitzer / Nurse
Anna Stieblich / Lady Capulet and Lady Montague
Peter Waros / Mercutio
Fue hoy. La tormenta parece haberse esfumado. Y todo entre nosotros parece querer encontrar el buen camino. Apóstoles de Marina Tsvetaeva o del silencio. - Estaremos de aquí en más construyendo el océano - lejos de casa - para recordar la infancia - la casa con dolores maternos y la verdad encerrada en la cáscara de nuez - así: R&J - la historia de lo que será.
Ich kann nicht sterben, ohne mich, zufrieden und heiter, wie ich bin, mit der ganzen Welt, und somit auch, vor allen anderen, meine teuerste Ulrike, mit Dir versöhnt zu haben. Laß sie mich, die strenge Äußerung, die in dem Briefe an die Kleisten enthalten ist, laß sie mich zurücknehmen; wirklich, Du hast an mir getan, ich sage nicht, was in Kräften einer Schwester, sondern in Kräften eines Menschen stand, um mich zu retten: die Wahrheit ist, daß mir auf Erden nicht zu helfen war. Und nun lebe wohl; möge Dir der Himmel einen Tod schenken, nur halb an Freude und unaussprechlicher Heiterkeit, dem meinigen gleich: das ist der herzlichste und innigste Wunsch, den ich für Dich aufzubringen weiß.
Stimmings bei Potsdam
d. - am Morgen meines Todes.
Dein
Heinrich.
...
Leben Sie wohl, unsre liebe, liebe Freundin, und seien Sie auf Erden, wie es gar wohl möglich ist, recht glücklich! Wir, unsererseits, wollen nichts von den Freuden dieser Welt wissen und träumen lauter himmlische Fluren und Sonnen, in deren Schimmer wir, mit langen Flügeln an den Schultern, umherwandeln werden. Adieu! Einen Kuß von mir, dem Schreiber, an Müller; er soll zuweilen meiner gedenken, und ein rüstiger Streiter Gottes gegen den Teufel Aberwitz bleiben, der die Welt in Banden hält. -
Heinrich.



Drüben hinterm Dorfe steht ein Leiermann
Und mit starren Fingern dreht er, was er kann.
Barfuß auf dem Eise schwankt er hin und her
Und sein kleiner Teller bleibt ihm immer leer.
Keiner mag ihn hören, keiner sieht ihn an,
Und die Hunde brummen um den alten Mann.
Und er läßt es gehen alles, wie es will,
Dreht und seine Leier steht ihm nimmer still.
Wunderlicher Alter, soll ich mit dir geh'n?
Willst zu meinen Liedern deine Leier dreh'n?
...................................................
En las afueras del pueblo hay un organillero.
Y con dedos entumecidos le da a la cuerda penosamente.
Se tambalea desnudo sobre el hielo
Y su platillo siempre esta vacío.
Nadie quiere oírlo, nadie lo mira.
Y los perros gruñen alrededor del pobre viejo.
Y él lo ignora todo, no se inmuta.
Da cuerda a su organillo, nunca para.
Viejo extraño, ¿voy contigo?
¿Harás girar tu organillo para mis canciones?
Este lied fue propuesto por Jürgen Sarkiss, nuestro Teobaldo. /
This lied was proposed by Jürgen Sarkiss, our Tybalt.
¿Quién cabalga tan tarde a través del viento y la noche?
Un padre con su hijo,
lo lleva seguro y caliente,
al resguardo de su regazo fiel.
- Hijo mío ¿por qué escondes tu asustado rostro?
- ¿Es el Rey de los Silfos, oh padre, tú no lo ves?
- ¿El Rey de los Silfos con su corona y manto?
¡Son alucinaciones hijo, que la niebla te hace ver!
¡Oh lindo niño, anda, ven conmigo!
Verás que juegos alegres te enseñaré.
¡Y qué flores tan extrañas florecen en mi orilla,
con las que mi madre hace dorados ramilletes!
- Padre mío, padre mío, ¿no oyes tú las promesas
con las que el rey de los Silfos pretende atraerme?
- No hagas caso, hijo mío es la fronda seca del árido
bosque, agitada por el viento.
- Lindo niño, ¿no quieres venir a mi palacio?
Te aguardan mis hermosas hijas en la entrada.
Cada una, en la noche, arrullará tu sueño.
y sabrán entretejer sus danzas y cantos,
- Padre mío, padre mío, ¿no ves allá en la sombra,
resplandecer las bellas hijas del monarca?
- Hijo mío, no hagas caso, es la difusa espesura,
lo veo bien y no hay nada más.
- Niño hermoso, amo tu belleza divina;
si no vienes por las buenas, emplearé la fuerza.
- Padre mío, padre mío, ¡mira cómo me aferra!
me lastiman sus manos. ¡Defiéndeme padre!
Atemorizado el padre clava las espuelas a su caballo,
aprieta contra su pecho al lloroso niño,
por fin llega al portal de su casona.
Mira, y en sus brazos el niño está muerto.
Telón cerrado - - El niño entra lentamente. Su mirada es la que abre el telón - descubre la veladura – es el niño el que ve lo que sigue – el niño tiene los ojos en el dolor – el niño descubre el teatro – abre el telón: así - - El espacio se recibe vacío – se espera que el silencio hable el idioma del niño – el niño mira el espacio vacío – se entrega al silencio y pide por los seres que ama – el niño descubre la violencia de la soledad – parece querer llorar en el recinto abierto del teatro: el teatro es el espacio de la tristeza: el niño lo sabe – el niño lo escribe – el niño es ahora el habitante de la tristeza – pero también sabe que la tristeza puede ser la trama secreta de la noche: esta noche – la de Romeo y Julieta - - Nadie acude al llamado del niño – nadie escucha el ruego nocturno de los silenciosos – después – más tarde aparece ella: su compañera: su amiga de esta noche – se descubren – se acercan – se encuentran – se miran – se abrazan y ella le canta aquella canción que su madre supo derramar en sus oídos – la canción habla de un dolor lejano – de un espacio que ya no es el de esta noche – un lugar lejano y antiguo – perdido – la belleza de la voz es el camino hacia el descubrimiento del fuego que los une – el fuego que los trajo – el fuego es el poema – El espacio es verde como verde es el silencio que lo habita – nadie sabe la historia que se cuenta – nadie sabe que ahora son ellos los testigos del silencio – el cuento que hoy contamos es la presencia de las palabras en el silencio – es el fuego de la muerte que supo de un silencio más grande que el de Dios – Dios calla esta noche y el hijo lo busca con desesperación – el dolor del hijo es el abandono – el pequeño Romeo es hijo del hombre y sufre la ausencia del padre – son seres abandonados al silencio del Padre – en ellos el amor es el espacio para la re/ligión – se re/unen con el Padre en el desamparo y la desesperación – todo es luminoso: como el dolor – cuando la canción se refugia en el silencio los testigos del amor van entrando – se sientan en sus sillas luminosas – van ocupando el espacio que ahora deja de ser el desierto verde para ser esto que hoy tiene el nombre enmascarado de la verdad – son los testigos – los que ven – los invitados al drama – los actores del drama – los verdaderos protagonistas de la noche silenciosa – trazan la coreografía del alma: así – describen formas en el espacio desde las sillas quietas – ahora cantan en coro – sonante – gigante – verde y más – el prólogo que los une en la sentencia del amor de los amantes – los amantes de Verona entran al teatro y son los testigos los que cuentan el dolor – ellos son seres encerrados en el silencio de la muerte – esperan – ansiosos – el momento del filo entre las carnes – esperan la decisión final de los cuerpos: así – eclipse de esos cuerpos hoy en la pradera verde indefinida de aquellos niños perdidos en el bosque – son niños perdidos en un bosque – escapan de las garras del dolor – todos son hombres en espera de la única y maravillosa verdad: la muerte – el bosque es el espacio de la fuga – el espacio es verde – el espacio es un bosque – el espacio es el lugar de la espera – verde esperanza – se dice – ellos en el espacio silencioso del verde – el bosque de mentira es el lugar en el que esperan – ellos – son – sí – siempre les es dicho el mismo silencio – así – - y hoy lo cantan.
Demons
No me angustia ni el ser ni la nada ni dios ni la ausencia de dios,
sólo la sociedad: pues ella, y sólo ella, me ha infligido el desequilibrio
existencial al que intento oponer un porte erguido. Ella y sólo ella
me ha robado la confianza en el mundo. La angustia metafísica
es una preocupación elegante de alto estanding.
Jean Améry es indigesto, irreconciliable... "el anhelo individual de reversibilidad de los procesos irreversibles". Es el grano, la yaga, la herida que ha tomado voz propia frente al cuerpo y se resiste a ser una parte más entre las partes. Es la eterna hemorroides de la Historia tomando conciencia de sí, la herida identificándose a sí misma y exigiendo su reconocimiento. Figura del desarraigo por excelencia y mancillado por "la lógica de las SS", la revuelta y el rencor contra el olvido han tejido la vida y la obra de Jean Améry hasta ahogarse entre barbitúricos en la primavera de 1978, finalmente vencido por la resignación y el olvido. Pero el pesimismo de Améry no es sentimentalista ni da concesiones literarias al dramatismo; aborrece los efectismos, los rodeos y los lagrimones... porque él es real. Detesta los artificios demostrativos y, sin embargo, con él, al hilo de la cruda fenomenología de su sangre, se tejen y se despachan los argumentos de Platón, Nietzsche o Carnap; la lucidez de los ociosos seminarios de toda Europa es puesta patas arriba, en ridículo y amenazada (como lo fue el propio Améry intelectual en el campo ) por la lucidez de una brutal realidad hecha carne.
La obra de Améry es un hervidero de rencor contra la realidad triunfante y olvidadiza, un fino hervidero que todo lo teje bajo la lucidez del absolutamente aplastado. Los pesimismos y optimismos de seminario no dejan de ser actitudes estéticas más o menos respetables frente al horror y la violencia (y no "la nada") de una única realidad: la realidad social. La Nada es el lujo de los no aplastados; más aún, es la moneda con la que trafican los que aplastan, los que reniegan de su condición de prójimos. Frente al horror de esa realidad, Améry no pide mera venganza ni odio, tan sólo la conciencia del duelo. Ése sería, según él, el cometido objetivo de sus resentimientos, la única cura posible a su herida: el recuerdo, acaso, de la realidad sellada en su semblante. Su propio retrato es un desafío a las alegres y superficiales reconciliaciones, a cualquier baratija filosófica de quinto grado. Su rostro pide su integración en nuestra alegría, no su traición ni su olvido: la inconsciente alegría es cómplice de la realidad que lo marcó, la ingenua inocencia es, acaso, el preludio del crimen. Su rostro mismo es una "prueba de fuego" para cualquier estómago y su obra, una verdadera batidora de metafísica.
Su pensamiento no ha brotado de ninguna ilusión; se ha tejido a partir de la sola brutalidad y desarraigo de su experiencia biográfica. Su "novela ensayístico-autobiográfica" (junto a Revuelta y resignación, Años de peregrinaje nada magistrales y Levantar la mano sobre uno mismo) está completamente alejada de cualquier filosofía de campus. Y no, desde luego, porque él no haya sido asimismo carne de campus, sino porque su obra ha cuajado (literalmente) a la intemperie, como filosofía de campo, como un auténtico humus filosófico; sus ideas no se han catalizado en ninguna especie de "taller", la tradición filosófica no ha quedado recogida en él desde ningún maximum racional, desde ningún supuesto de criba ideológica autoconsciente, sino desde la herida a carne viva. Es una obra tejida en los límites mismos de la razón y el lenguaje, pues su semilla germina en un terreno que "neutraliza" objetivamente cualquier referente social: "la lógica de las SS" en el campo de concentración, donde la trascendencia y la espiritualidad son "absolutamente irreales" o "lujos prohibidos", donde queda anulado cualquier tipo de consuelo a través de reminiscencias estéticas... su obra no brota ante ni tras el primer golpe recibido en comisaría, sino más allá de él, en la absoluta desconfianza y extrañamiento del mundo: su "autoconciencia crítica" no es sino la conciencia de una epidermis mancillada, de cada uno de los límites materiales y corpóreos del sentido social (placer, lengua, patria...). Jean Améry (pseudónimo de Hans Mayer) es conciencia desgraciada consumada, es conciencia errante y desarraigada más allá de la identidad cultural judía.
Más allá de la culpa y la expiación no es "un documento más" sobre Auschwitz; la fenomenología de esa conciencia individual que fue Jean Améry de su experiencia del campo, pese a la particularidad histórica del nacionalsocialismo y de la propia existencia de Hans Mayer, trasciende cualquier tipo de particularidad histórica o personal. Quienes se acerquen a esta obra al modo de aquellos que (como Adorno, Blanchot o Levinas) creen estar ante la expresión de algo "distinto", absolutamente extraño y ajeno, y quedan embebidos por el problema de "seguir pensando después de Auschwitz", probablemente traicionen el propio cometido de Améry: la conciencia de que el horror y la violencia se esconde tras "los rostros comunes". Sin duda, la conciencia de Améry es una conciencia límite, pero no ya sólo de Auschwitz, sino de los límites materiales y corpóreos ( trascendentales a la Historia) del sentido social, de la socialización; y límites, por cierto, que no eran abstracto-negativos respecto a las realidades sociales históricas, sino presentes (efectivos) y, por tanto, conjugados (aun en diversos grados, desde luego) con los propios procesos socializadores: los límites mismos que alcanzaron su máxima expresión en la "experiencia nazi"... pero también en la persona Hans Mayer a la que, por ejemplo, su madre le dijo que no sería nadie en la vida.
Pero por ello también la conciencia de Améry es la expresión más pura o más prístina de lo que pudiera entenderse por "conciencia socialista" en las tradiciones anarco-marxistas y, por ende, mucho más profunda que el romo sentido en el que se ha devaluado como "conciencia proletaria": "La conciencia de mi ser judío, formada en la catástrofe, no es ideología. Es comparable a la conciencia de clase que Marx pretendió desenmascarar para el proletariado del siglo XIX". La "conciencia socialista" trasciende por completo la condición económica, sin negarla: es trascendental a ellas: se diría que la conciencia judía, si por tal entendemos una conciencia que trascienda la propia tradición cultural y sus alusiones teológicas (por tanto, una conciencia judía secularizada) es el fundamento irrenunciable de cualquier conciencia socialista, la verdadera conciencia de clase: la de los desheredados y desarraigados, la de los extrañados del mundo, la de los aplastados en su impotencia ante la segregación y la injusticia:
Ser judío significaba, por un lado, aceptar como universal la sentencia de muerte dictada por el mundo, frente a la cual fugarse hacia la interioridad habría sido sólo ignominia pero, por otro lado, también cabía oponer rebelión física...
... "ser judío" significaba sentir en el fuero interno la gravedad de la tragedia pasada [...] no significa sólo soportar en mi interior una catástrofe acontecida ayer y que no cabe excluir en el futuro, sino que, además de un deber, entraña miedo...
La solidaridad respecto a la amenaza es todo cuanto me vincula a mis contemporáneos judíos, tanto creyentes como agnósticos, tanto de tendencias sionistas como asimilacionistas. Para ellos esto es poco o casi nada. Para mi persona y mi estabilidad, empero, significa mucho [...]. Sin el sentimiento de afinidad con los amenazados sería un exiliado de la realidad que renuncia a sí mismo...
Quien se acerque a la obra de Améry se encontrará con un "ser judío" brotado de la propia brutalidad y el extrañamiento social, un "ser judío" noble y sin artificios (sin lujos, pues); se encontrará, me parece, con una pulcra fenomenología del núcleo de lo que Marx pudo entender por "conciencia de clase proletaria", conciencia devenida en autodestrucción por la imposibilidad de "exteriorizarse y actualizarse". "La herida Améry" (para utilizar la expresión de Enrique Ocaña, emulando a Adorno) no se tiene más que a sí misma. No tiene más identidad que el desarraigo mismo. Ése fue su único soporte personal, su único asidero de realidad. No hay reconocimiento más allá de ella. Ésa es, probablemente, la desgracia más profunda del herido, la de que no puede reconocerse ni ser reconocido más que entre los heridos; no hay puente que salve la distancia con "los otros" ni palabra de consuelo al dolor del desarraigo más que el propio duelo... pero el duelo ya supone estar herido y no hay conciencia de duelo más allá de la herida. La "extrema soledad" que pide que los torturadores "se nieguen a sí mismos" para que recuperen su condición de prójimos con las víctimas sólo obtiene silencio y culpa por respuesta: "la culpa colectiva pesa sobre mí, no sobre ellos. El mundo, que perdona y olvida, me ha condenado a mí, no a aquellos que asesinaron o consintieron el asesinato. Yo y la gente como yo somos los Shylocks, no sólo moralmente condenables a los ojos de los pueblos, sino también estafados en nuestra libra de carne. El tiempo ha consumado su obra. En silencio".
"Sólo perdona realmente quien consiente que su individualidad se disuelva en la sociedad"; "...todo perdón y olvido forzados mediante presión social son inmorales". "Se me ha infligido una herida. Necesito desinfectarla y vendarla, no reflexionar sobre por qué el verdugo me asestó el golpe, y de esa guisa, al comprender sus motivos, acabar medio disculpándolo". La "condición de prójimo" es, acaso incluso pese a Améry, una ilusión. No hay oídos al otro lado de la franja. No hay respuesta. La incomunicabilidad forzada de la herida hace que se pudra en la soledad más absoluta, más allá de la culpa y la expiación. Pero el anhelo de socialización o bienestar jamás podrá levantarse sobrevolando sus propias heridas, las producidas por el propio proceso socializador. Entonces el anhelo se convierte en nada, en angustia, en traición. Se hace cómplice entonces del "pecado original", pues la nada no es, en efecto, sino una de las maneras en que se dice el ser, es decir, la destrucción...
sobre Más allá de la culpa y la expiación de Jean Amery por Miguel Á. Vázquez Villagrasa.
by D. G. Myers Originally published in Holocaust Literature: An Encyclopedia of Writers and Their Work, ed. S. Lillian Kremer (New York: Routledge, 2002). © 2002. All rights reserved.
Jean Améry (1912-1978) was a Jewish victim of the Nazis whose entire career was devoted to exploring and resisting the notions of Jew and victim. Although he rejected the advances of those who wished him to become a professional Jean Améry
survivor, he equally scorned those who might deny that his Auschwitz number was "a basic formula of Jewish existence" or that the Holocaust is "the existential reference point for all Jews." An autobiographical and philosophical essayist whose texts are notoriously intransigent—hard to categorize, even harder to cherish—Améry wrote only one slim volume on the Holocaust. At the Mind’s Limits is one of the central texts, however, on Jewish victimhood.
Améry was born Hans Maier in Vienna on October 31, 1912. As a boy he made his home in his parents’ native Hohenems, a small resort city in the state of Vorarlberg, in the alpine provinces of western Austria. The family had been settled there since the seventeenth century. His great-grandfather, a Vorarlberg innkeeper and butcher, "spoke fluent Hebrew," according to his great-grandson. By the time of Améry’s birth, however, the Hebrew fluency had disappeared; the family was estranged from its Jewish origins, assimilated and intermarried. Améry’s father was more Austrian than Jewish. "The picture of him did not show me a bearded sage," Améry said, "but rather a Tyrolean Imperial Rifleman in the First World War." The father died in battle, in 1916, when his son was too young to remember him. Améry’s mother, who supported her only child and herself by keeping an inn, was Roman Catholic. "Several times a day she invoked Jesus, Mary, and Joseph," he says, "which sounded in our native dialect like ‘Jessamarandjosef.’"
Améry was educated in philosophy and literature in Vienna. He was studying there when the Nazis came to power in Germany in 1933. At once he immersed himself in the canonical writings of antisemitism and National Socialism; thus began, he said, "an entirely impossible éducation sentimentale for a young Jew. . . ." Coupled with the political situation in Austria, this reading deeply complicated Améry’s thinking about being Jewish. "I wanted by all means to be an anti-Nazi, that most certainly," he explains, "but of my own accord; I was not yet ready to take Jewish destiny upon myself. . . . I really found myself in a confusing state of mind: I was an Austrian who had been raised as a Christian, and yet I was not one." For the first time Améry began to understand himself as an outsider to the culture in which he lived. The decisive event was the promulgation, in 1935, of the Nuremberg Laws. Améry soon came to know the text of the laws by heart. "The overwhelming majority not only of the German people but also of my own Austrian people," he realized, "had excluded me from their community." But it did not follow that there was a place for him in the organized Jewish community. Orthodox Judaism was "another, thoroughly alien world." It was Christianity that drew him, because to be a Christian "means participation in our culture" (his emphasis). Judaism left Améry bored; "the synagogue was the Other." Over time, however, he became increasingly convinced that his intellect and "spiritual constitution" were Jewish—"not in the sense of upbringing or milieu," he says, "which in my case were as un-Jewish as possible, but by birth." This essentialist conviction, which he did not flinch at being described as racist, influenced his self-understanding for the rest of his life.
After the Anschluss in March 1938, Améry fled first to France and then, upon its defeat by the Germans in May 1941, to Belgium. There he joined the Resistance, although he later acknowledged that this was merely the last unconscious attempt to evade his Jewish identity. "The Jews were hunted, cornered, arrested, deported because they were Jews," he writes, underlining every word, "and only because of that. Looking back, it appears to me that I didn’t want to be detained by the enemy as a Jew but rather as a resistance member." And so in due course—in July 1943—he was arrested by the Gestapo for spreading anti-Nazi propaganda among the German occupation forces in Belgium. Améry believed he knew what was in store for him. He was widely read in the already substantial literature of the concentration camps. Whatever happened to him, he believed, would have merely to be "incorporated into the relevant literature, as it were." But nothing could prepare him for the experience of torture. Imprisoned in Fort Breendonk, Améry was interrogated by the SS for several days. His hands Jean Améry
were shackled behind him, and he was suspended by his wrists from a hook in the ceiling ("there was a crackling and splintering in my shoulders that my body has not forgotten until this hour. . . . I fell into a void and now hung by my dislocated arms, which had been torn high from behind and were now twisted over my head"). Then he was beaten with a horsewhip. Although he told the Gestapo nothing useful, it was not because of heroic opposition. He confessed everything; he even invented political crimes; but he knew only the aliases of his comrades in the Resistance and had no real information to divulge. Once they realized he was useless to them—once they realized he was a Jew and not just a political prisoner—the Gestapo shipped him off to Auschwitz. 
Améry endured a year in Auschwitz III, the Buna-Monowitz labor camp. Lacking a manual skill, he was assigned to a labor detail at the I-G Farben site, digging dirt, laying cables, lugging sacks of cement and iron crossbeams. He survived—somehow. Unlike his fellow Auschwitz inmate Viktor E. Frankl, Améry refused to derive theory from his survival. Many years later he agreed that the "religiously or politically committed" (Orthodox Jews, orthodox Marxists) had a better chance of surviving, or at least of dying with more dignity. They were able to look beyond the basic reality of Auschwitz. For them the horrors were weakened by being reinterpreted as a renewal of creation when evil was released into the world or as natural political martyrdom. They had, in other words, a mode of transcendence that was anchored to a reality that the Nazis could not reach, because it existed in faith. "[W]hoever is, in the broadest sense, a believing person, whether his belief be metaphysical or bound to concrete reality, transcends himself," Améry says. "He is not the captive of his individuality; rather he is part of a spiritual continuity that is interrupted nowhere, not even in Auschwitz." But Améry was an unbeliever from first to last. He had nothing but himself to fall back upon. He was an intellectual, but confronted by a reality that could not be interpreted as anything other than horror, he found that intellect had lost its fundamental quality of transcendence. There was no other reality to which a mere intellectual could appeal. The claim of Auschwitz was total.
Améry was evacuated first to Buchenwald and then to Bergen-Belsen ahead of the advancing Red Army, and it was at Belsen that he was liberated in April 1945. Returning to Brussels, he passed the rest of his life outside the cultural mainstream. When he began to write for the German-language press of Alemannic Switzerland, he chose a "French-sounding pen name," a translation of Hans into French and an anagram for a common variant of his surname. The pseudonym signified his rejection of German culture, his identification with French; yet Améry continued to write in German. Even so, he refused to travel to Germany for two decades after the war. Only in 1964, at the urging of the German poet Helmut Heissenbüttel, who worked for the South German Broadcasting Corporation, did Améry finally break his silence in Germany, delivering a radio address on the intellectual in Auschwitz. It became the opening essay in Jenseits von Schuld und Sühne ("Beyond Guilt and Atonement"), his first and only Auschwitz book, which followed in 1966. Translated by Sidney and Stella P. Rosenfeld as At the Mind’s Limits, the book was published in English in 1980.
By then Améry had published five collections of journalism: Karrieren und Köpfe ("Careers and Heads: Portraits of Famous Contemporaries," 1955), Teenager-Stars ("Teenager Stars: The Idols of Our Time," 1960), Im Banne des Jazz ("Under the Spell of Jazz," 1961), Geburt der Gegenwart (also 1961, translated as Preface to the Future: Culture in a Consumer Society), and a study of Gerhart Hauptmann, "the eternal German" (1963). He estimated that he had published some 15,000 pages before he undertook At the Mind’s Limits. Only then did his literary career—his "entry into German literature," as he preferred to say—really begin. The Auschwitz book changed everything. He was fifty-four. At last he had found the literary identity he had been seeking since adolescence. If the book did not make him very much money, at least it made him famous. Suddenly he was in demand; he was invited to contribute essays, to deliver radio talks, to join conferences and symposia. "I have the suspicion," he said later, "that I merely struck a chord that began to vibrate just at a time when it was still fashionable to occupy oneself with the fate of the Nazi victims, and that [by the late seventies], when my friends on the Left are representing Israel as a universal plague and everyone’s sympathies are focused on the Palestinian resistance fighters, I couldn’t tempt a soul with this book."
At the Mind’s Limits released him from "the drudgery of writing articles." Améry could afford at last to take his time and to worry a subject—to write the things that were weighing upon him. The public, however, wanted to hear nothing else from him except more about victimhood. Améry was resistant. His newfound status was a "market phenomenon, hostile to the intellect"; and as such, it was a threat to him. He never again wrote at any length about Auschwitz. His next book, Über das Altern, was published three years later—in 1969. (On Aging was translated into English in 1994 by John D. Barlow.) Two years after that came Unmeisterliche Wanderjahre ("Lean Journeyman Years"). Améry’s grave in Vienna
This chronological account of Améry’s intellectual development left a gaping hole at its center. It said nothing whatever about the years of the Holocaust. (It remains untranslated into English.) Améry describes these "slim volumes" as an "autobiographical trilogy." But they are not autobiography in any conventional sense. They omit "everything private and anecdotal." Améry does not tell stories about himself, but accepts his own pressing concerns as occasions for reflection and—to permit him his own emphasis—he "subjectively explore[s]" rather than objectively records his experience. He starts from the concrete event, but does not become lost in it. His later books are, in the words he used to describe At the Mind’s Limits, "personal confession refracted through meditation." He found his literary voice at last, in his fifties, and his "personal and intellectual life . . . became a contemplative essay." Two novels followed: Lefeu oder der Abbruch ("Lefeu, or the Demolition," 1974) and Charles Bovary, Landarzt ("Charles Bovary, Country Doctor," 1978). His philosophical inquiry on suicide, Hand an sich Legen, was published in 1976. Two years later—on October 17, 1978—Améry took his own life in Salzburg, and was buried in the Zentralfriedhof in Vienna. His Auschwitz number was engraved on the tombstone.
Photo by Frantisek Zobray
At the Mind’s Limits is neither a systematic nor a chronological treatment of Améry’s experience in the Holocaust. The hundred-page book consists of five essays, arranged in the order of their composition. They are held together not by careful organization but by a common theme, which Améry describes as "the subjective state of the victim." The title essay explores the fate of the mind in Auschwitz. "Torture" reaches back to narrate what Améry had undergone at Fort Breendonk. "How Much Home Does a Person Need?" takes a further step back to detail the psychic experience of the refugee. "Resentments" moves forward to take up the interior life of the victim after the Holocaust. "On the Necessity and Impossibility of Being a Jew" offers Améry’s conclusions on Jewish identity after a lifetime of being forced to confront the question.
Améry’s principal contribution to understanding the Holocaust is his concept of losing trust in the world. Perhaps better than any other Holocaust writer, Améry shows that the liberal pillars upon which Western civilization rests are not dug very deep; they are merely taken for granted. Political freedom and human dignity are measured by what is "possible and humanly acceptable"; they are temporary and hastily constructed social arrangements which disappear at the first blow aimed at a prisoner. "[W]e can live," Améry says, "only if we grant our fellow man life, ease his suffering, bridle the desire of our ego to expand." In the material security of our daily lives, we are unaware just how much we trust others to grant us life, and if not to ease our suffering at least not to cause it. But the victim of torture, the survivor of Auschwitz, has lost that trust forever. "Whoever was tortured, stays tortured," Améry concludes. He is indelibly burned with the knowledge that trust in the world—the trust that no one will lay hands on you—is astonishingly fragile, and can be lost at any moment. He knows something that they do not teach you in schools: that the Other can be absolute, and can exercise this absolute power by inflicting suffering.
For Améry, then, the Holocaust is central to human self-understanding because it represents not an accidental function of the Nazi regime, but its essence. Améry would have liked to "introduce certain Auschwitz books into the upper classes of secondary school as compulsory reading," because these books would introduce students to an idea that is indispensable to any humanistic curriculum in a post-Holocaust era—the idea of the victim, the "dead man on leave." If dignity is the right to live granted by society, then the Third Reich demonstrates how easily the grant can be revoked. Améry is not particularly interested in the perpetrators of the Holocaust. "The crimes of National Socialism had no moral quality for the doer," Améry explains. "The monster, who is not chained by his conscience to his deed, sees it from his viewpoint only as an objectification of his will, not as a moral event." Améry’s literary ambition in At the Mind’s Limits is to speak from the viewpoint of the victim, for whom the National Socialism had a moral quality. He seeks to understand suffering from the inside rather than extorting pity and special consideration for victims.
Améry thus stands as a challenge to the increasingly common view, of which the historian Peter Novick is merely one representative, that the Holocaust encourages contemporary Jews to adopt a "victim identity based on the Holocaust," a "fashionable victimhood" which is exploitative "The Jew Etc."
and phony (see The Holocaust in American Life, pp. 190-202). While Améry certainly agrees that the existence of the Jews has been forever determined by the Holocaust, At the Mind’s Limits does not celebrate victimization. Instead, the book engages in a fundamental redefinition of victimhood. To be a victim is no longer to be the object of other people’s designs. In the sort of post-Holocaust thinking practiced by Améry, the Jewish victim makes himself the subject of his own history. 
by R. B. Kitaj
(1976—unfinished)
Oil and charcoal on canvas, 60 x 48
"Whoever attempts to be a Jew in my way and under the conditions imposed upon me," Améry says, "whoever hopes, by clarifying his own Holocaust-determined existence, to draw together and shape within himself the reality of the so-called Jewish Question, is wholly void of naiveté." Wholly void of naiveté because such a Jew is no longer lulled by "[d]eclarations of human rights, democratic constitutions, the free world and the free press." He no longer dwells in the illusion that human identity is something optional, like a Christmas gift that can be exchanged. He has learned that his identity—his personhood—is a necessity. "I . . . am precisely what I am not," Améry says, "because I did not exist until I became it, above all else: a Jew." "I became a person," Améry explains, "not by subjectively appealing to my abstract humanity but by discovering myself within the given social reality as a rebelling Jew and by realizing myself as one." Note the emphasis on rebelling. He is a Jew who grasps but also rebels against the social declaration that to be a Jew is to be sentenced to death. Another name for this sentence was Auschwitz. Thus Améry’s "phenomenological description of the existence of the victim," as he calls it in the preface to the first edition, is the exact opposite of the exploitation of victimhood. If the Jews now see their existence as having been determined by the Holocaust it is not that they have not adopted a "fashionable victimhood," but rather that they have become the necessary subject of their own drama. "Without the feeling of belonging to the threatened," Améry says, "I would be a self-surrendering fugitive from reality."
Although not halakhically a Jew, Améry insists nevertheless that being Jewish is a necessity for him. But it is also an impossibility, precisely because he is not halakhically Jewish; not, that is, a Jew as a member of a community. "With Jews as Jews I share practically nothing," he writes: "no language, no cultural tradition, no childhood memories." Perhaps then a "catastrophe Jew" rather than a halakhic Jew, or a "non-non-Jew": lacking faith in the God of Israel, lacking Yiddish or Hebrew, lacking the Jewish tradition, he is a Jew because he learned under the Nazis that he is not permitted to be anything else. To be a Jew and a victim—to be a Jewish victim—is to live without "positive determinants." But unlike most men and women, Améry was willing to live this way, because he was willing to see his thought through to the end.
According to Améry, the Holocaust assumed importance only later—a generation after the liberation of the camps—because the Jewish victims of the Nazis "were forced to relinquish" any sense of victory in the defeat of Germany. The rehabilitation of the nation that had been the Third Reich outstripped the rehabilitation of its victims. By the sixties, when he began at last to speak publicly on the camps, the world reaction to Germany and Israel made the discrepancy even more evident to Améry. While Germany had been rejoined to Europe, normalized and eventually to be reunited, Israel remained a pariah nation. The Holocaust was a wound that had not been healed. Améry occupied an "uncomfortable position between all of the parties," which suited his personality but made him difficult to rely upon. Readers on the Left were disgusted by his criticism of their side—he broke with the New Left over its support for terrorism and its sneering condemnation of Israel—while readers on the Right quite naturally understood him to be a subversive figure. Not that this disturbed Améry overmuch. To be a good writer, he believed, one must become independent of "all external signs of success." Starting with At the Mind’s Limits, all of his books venture into the "closed world" of suffering. Améry declines to offer "cheap consolation" or to find a redemptive message in suffering. His approach instead is unsparing, relentlessly bleak; "disconsoling," to use his word. And indeed it’s difficult to know why anyone at all reads these books—except perhaps to face the truth.


| Мне нравится, что вы больны не мной, | I like it that you're burning not for me, | ||||||
| Мне нравится, что я больна не вами, | I like it that it's not for you I'm burning | ||||||
| Что никогда тяжёлый шар земной | And that the heavy sphere of Planet Earth | ||||||
| Не уплывет под нашими ногами. | Will underneath our feet no more be turning. | ||||||
| Мне нравится, что можно быть смешной - | I like it that I can be unabashed | ||||||
| Распущенной - и не играть словами, | And humorous and not to play with words | ||||||
| И не краснеть удушливой волной, | And not to redden with a smothering wave | ||||||
| Слегка соприкоснувшись рукавами. | When with my sleeves I'm lightly touching yours. | ||||||
| Мне нравится ещё, что вы при мне | I like it, that before my very eyes | ||||||
| Спокойно обнимаете другую, | You calmly hug another; it is well | ||||||
| Не прочите мне в адовом огне | That for me also kissing someone else | ||||||
| Гореть за то, что я вас не целую. | You will not threaten me with flames of hell. | ||||||
| Что имя нежное моё, мой нежный, не | That this my tender name, not day nor night, | ||||||
| Упоминаете ни днём, ни ночью - всуе... | You will recall again, my tender love; | ||||||
| Что никогда в церковной тишине | That never in the silence of the church | ||||||
| Не пропоют над нами: аллилуйя! | They will sing "halleluiah" us above. | ||||||
| Спасибо вам и сердцем и рукой | With this my heart and this my hand I thank | ||||||
| За то, что вы меня - не зная сами! - | You that - although you don't know it - | ||||||
| Так любите: за мой ночной покой, | You love me thus; and for my peaceful nights | ||||||
| За редкость встреч закатными часами, | And for rare meetings in the hour of sunset, | ||||||
| За наши не-гулянья под луной, | That we aren't walking underneath the moon, | ||||||
| За солнце, не у нас над головами, - | That sun is not above our heads this morning, | ||||||
| За то, что вы больны - увы! - не мной, | That you - alas - are burning not for me | ||||||
| За то, что я больна - увы! - не вами! | And that - alas - it's not for you I'm burning. |



The woman is perfected
Her dead
Body wears the smile of accomplishment,
The illusion of a Greek necessity
Flows in the scrolls of her toga,
Her bare
Feet seem to be saying:
We have come so far, it is over.
Each dead child coiled, a white serpent,
One at each little
Pitcher of milk, now empty
She has folded
Them back into her body as petals
Of a rose close when the garden
Stiffens and odors bleed
From the sweet, deep throats of the night flower.
The moon has nothing to be sad about,
Staring from her hood of bone.
She is used to this sort of thing.
Her blacks crackle and drag.
....
La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo
muerto muestra la sonrisa de realización;
la apariencia de una necesidad griega
fluye por los pergaminos de su toga;
sus pies
desnudos parecen decir:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada pequeña
jarra de leche ahora vacía.
Ella los ha plegado
de nuevo hacia su cuerpo; así los pétalos
de una rosa cerrada, cuando el jardín
se envara y los olores sangran
de las dulces gargantas profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crepitan y se arrastran.
1940 / 48 años
1932 / 40 años
1925 / 33 años
1914 / 22 años
1893 / 1 año


De Pasternak a Tsvetaeva
5 de octubre de 1934
Tengo el placer de decirte que trabajo en condiciones imposibles, en las cuales otro se entregaría a la bebida y enloquecería. Digo esto no para ponerme en tu mismo nivel: gano bastante y esto, en comparación contigo, me cierra la boca. Mantengo a todos los míos. Para comer, no nos falta nada, pero un departamento normal, decente, no lo tendré nunca.
Todos se sorprenden y hasta se irritan porque voy de paseo vestido como un miserable, pero no como uno que se dejó estar, sino como alguien que jamás le prestó atención a la ropa. Lo que me perjudica desde el punto de vista práctico. Aquí se ha elaborado un estilo necesario para prosperar, un lenguaje mudo que garantiza el éxito a quien lo usa, y si lo rechazas, se venga de ese rechazo. Uno no se puede limitar a lo necesario, es preciso pedir el doble: entonces te dan cuatro veces lo que pediste. Es preciso amar la radio, los gramófonos, las máquinas de escribir, los armarios americanos, los espectáculos de variedad. Hay que entenderlo.
Pero yo no tengo elección. Las circunstancias me justifican. Probablemente soy un tímido: un ambiente extraño me parece siempre mejor y superior respecto de mí (aun cuando con la razón lo desprecie, físicamente me pierdo en él). Esa es la razón por la que en las fotografías aparezco siempre con el aspecto de un idiota trastornado.
De Tsvetaeva a Pasternak
Julio de 1935
He defendido el derecho del hombre al aislamiento, no en un cuarto, por su trabajo de escritor, sino en el mundo, y no cedo en esta posición. Se me dijo: las masas, yo digo: los solteros que sufren. Si las masas tienen el derecho de autoafirmarse, ¿por qué el soltero no debería tenerlo? Tengo el derecho, ya que dispongo de una sola y breve vida, de no saber qué son los kolchoz, así como los kolchoz no saben quién soy yo. Si se quiere la igualdad, que sea. A mí me interesa todo lo que le interesaba a Pascal, y no me interesa todo aquello que no le interesaba. No tengo la culpa si soy tan franca. No me costaría nada responder, a la pregunta "¿Le interesa el futuro del pueblo?", "Oh, sí". Pero yo respondí: no, porque sinceramente no me interesa ningún futuro, que para mí es un lugar vacío (¡y amenazante!).
Siento vergüenza de defender delante de ti el derecho del hombre a la soledad porque todos aquellos que cuentan han sido solitarios, y yo entre ellos soy la menor. También yo he tenido sentimientos civiles, es decir, heroicos, el sentimiento del héroe, es decir, del fin trágico. No es mi culpa si no soporto el idilio, hacia el cual todo se mueve. Cantar los kolchoz y las fábricas es lo mismo que cantar el amor feliz. No puedo.
Literatura rusa Nadie quizá de modo más significativo que Pasternak recorrió todo el calvario de la literatura rusa durante la era soviética dando pruebas no sólo de su fuerza, sino también de su debilidad, con flaquezas ante la situación histórica antes de un martirio final que fue para él también una apoteosis. Su trayectoria no fue heroica, pero sí límpida en una realidad opresiva que llevó a algunos a una ciega sumisión, mientras que en otros provocó una intrépida resistencia, la negativa a aceptarla y a justificarla.
Más allá de las obras en verso y en prosa, el epistolario de Pasternak abre espacios de visión sobre su vida y su época, como lo muestran dos volúmenes que acaban de aparecer en Moscú y que reúnen sus cartas a los padres y a otros parientes, emigrados a Occidente, y su correspondencia con la poeta Marina Tsvetaeva, a la que Josef Brodski consideraba "la primera poeta del siglo XX" y, en todo caso, la voz más extrema del siglo pasado. En verdad, la primera colección de cartas ya era conocida en el círculo de estudiosos de la obra de Pasternak porque fue editada por los Slavic Stanford Studies y, ahora que alcanza una circulación más amplia, su relectura permite redescubrimientos interesantes, como una carta de 1926, en la que Pasternak, que se sentía ruso cristiano ortodoxo, se queja de su condición de judío: "Un inconveniente bastante serio es haber nacido judío [...]. Tanto valía venir al mundo en la época de los macabeos y aprender la lengua de los camellos y de las palmas y no ?en el corazón de un bosque ruso de abedules´". O, como en una carta de 1933 a los padres, donde, ante el ascenso de Hitler en Alemania y lo que observaba en su patria, comenta, abandonando un poco la cautela dictada por la censura: "Son el ala derecha y el ala izquierda de una única noche materialista".
La correspondencia entre Boris Pasternak y Marina Tsvetaeva es muy rica en novedades, una verdadera novela epistolar, cuya parte central involucra a un tercer personaje, Rainer Maria Rilke, adorado por ambos y ligado a los dos poetas rusos por un río de sentimientos, entre los cuales estaba su amor por Rusia, "tierra limítrofe de Dios", meta de su inolvidable peregrinaje juvenil. Lo que resulta de un intercambio de cartas que va de 1922 a 1936 es una sucesión de acontecimientos de una extraordinaria intensidad. La protagonista de esos hechos es la fuerte Marina. El temple de Rilke (muerto de leucemia en 1926) es demasiado etéreo para esas peripecias y demasiado blanda la "bondad" de Pasternak, hacia la cual Tsevetaeva tendría palabras de amarga dureza en una de sus últimas cartas, en la que denuncia la egoísta elusividad del escritor ruso. Durante esos años, Marina vivió pobremente en Europa occidental, en exilio voluntario, al lado de un marido, como ella, "contrarrevolucionario", pero que después se convirtió en agente de los servicios secretos soviéticos. Con él se repatrió en 1939, dos años antes de suicidarse.
En el magma lingüístico de su prosa, donde resuena el grito de sus versos densos y ardientes como lava, Marina vuelca una energía amorosa ubicua y arrolladora en un vínculo erótico imaginario con los dos ídolos de su alma, Pasternak y Rilke. "La fidelidad como constancia de la pasión me es incomprensible, extraña", decía Marina, capaz de varios amores, pero auténtica en su entrega completa a Rilke, a Pasternak y al marido, Serguei Efron, al que siguió resignada a una patria que ya no era la suya ni siquiera de nombre.
A Rilke, al que nunca conoció personalmente, Marina le podía escribir palabras como éstas: "Rainer, quiero encontrarme contigo [...], quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir [...] Simplemente dormir. Y nada más. No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más. No, algo más: aun en el sueño más profundo, saber que eres tú. Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo". En el sueño, y no sólo en la realidad, Marina vivía sus exaltaciones amorosas.
La relación con Pasternak, más larga y directa, fue también más compleja, porque el matrimonio de Boris la convenció de que, aunque predestinados espiritualmente el uno para el otro, la vida privada, además de la pública, los dividía de modo inexorable y fatal. El encuentro de ambos (el "no encuentro", como ella lo llamó) que se produjo en París, en 1935, marcó un límite, más allá del cual la novela epistolar no podía continuar. Pero en sus destinos y en sus poesías, la influencia recíproca fue duradera y en el caso de Pasternak, persistió después de la muerte de Marina, ya que la presencia de ésta en El doctor Zhivago está viva. Más allá de cualquier identificación de un modelo para el personaje de Lara, como Olga Ivinskaja, el último amor de Pasternak, esa presencia es el espíritu rebelde y tempestuoso de Tsvetaeva, que flota en numerosas páginas de la novela.
Marina le había declarado a Pasternak que jamás volvería a Rusia, convertida en la URSS ("simplemente porque ese país no existe. No sabría adónde volver. No puedo volver a una sigla, cuyo sentido no entiendo"). El mismo Pasternak en una carta de 1927 la alertaba sobre una realidad policíaca fundada sobre la delación: "¿Pero sabes qué es hoy Rusia? Oh, naturalmente, más que antes existe la constante posibilidad de encontrarse sentado a una misma mesa con un informante de la policía política, que te arroja encima la sombra de una eterna infamia para hacer pasar tu fervorosa, gran lealtad por traición".
A esa Rusia, que ya no lo era, Marina, más tarde, sería impulsada a volver en un acto de desesperada abnegación, pero, entre tanto, en los últimos tiempos de la correspondencia con Pasternak, es ella la clarividente que advertía las debilidades del escritor, la que luchaba para que él fuera cada vez más fiel a sí mismo, quien en la última carta (de marzo de 1936) le enseñaba cómo ser independiente, cómo resistir a las extorsiones ideológicas (Pasternak había sido acusado por los críticos comunistas de ser extraño a las masas), y le predijo la desventura que lo esperaba. La carta, a esa altura demasiado peligrosa, no recibió ninguna respuesta. Fue el fin de la "novela epistolar" y el presentimiento del fin de sus protagonistas. Marina, a la que Pasternak había llamado "una fuerza universal" y que lo había llevado a definir el encuentro con ella como "una felicidad de una simplicidad extrema", resultó vencedora en esa confrontación. Pero Pasternak, con El doctor Zhivago, la proseguiría llevado por la intrepidez del espíritu.
Por Vittorio Strada
Corriere della Sera